Toponimia que guía a los de dentro
Los nombres de las calles eran manual de uso: del Agua, del Sol, de la Fragua, de la Amargura. Indicaban pendientes, riesgos, oficios, historias. Quien los entendía leía instrucciones invisibles para acortar ruta, esquivar barro o encontrar sombra. La toponimia era, además, memoria política y afectiva, cambiada a veces por nuevas autoridades, pero sostenida en la boca del barrio. Así, nombrar fue siempre gobernar el laberinto, salvando atajos sin necesidad de planos.